martes, 20 de septiembre de 2011

Artículo Sobre José Celestino Mutis

Este Verde Poema, Hoja Por Hoja

El más importante pensador y ensayista contemporáneo de Colombia, William Ospina, escribió de manera exclusiva para la revista Diners esta semblanza del sabio Mutis a los 200 años de su muerte, y le da toda la dimensión científica y política que tuvo su magna obra, La Real Expedición Botánica del Nuevo Reino de Granada.

Uno de los hechos más inadvertidos para Europa del llamado descubrimiento de América fue el hallazgo de una flora desconocida. No se trataba de que en el nuevo continente se hubieran encontrado algunas especies nuevas para los sabios europeos; se trataba del hallazgo de un cosmos, como si un nuevo planeta se hubiera ofrecido a la curiosidad de los hombres. Miles de especies nunca vistas aparecieron en el horizonte, y naturalmente, a pesar de los esfuerzos de Gonzalo Fernández de Oviedo, de Juan de Castellanos y de otros perspicaces observadores, las pupilas de Europa parecieron cerrarse ante esos excesos de información, como los ojos ante el sol.

El efecto inicial fue el contrario de lo que dice el proverbio: a partir del siglo XVI en América el bosque no dejaba ver los árboles. Y los ojos de los pertinaces conquistadores estaban sólo fijos en la riqueza inmediata que justificaría tantas penalidades, de modo que no era a mirar hojas y flores que los traían sus desmesurados y violentos destinos. ¿Cómo mirar con amor o siquiera con curiosidad unos follajes de los que en cualquier momento brotaban flechas con veneno? ¿Y cómo ver lo que había verdaderamente ante ellos si sus ojos estaban formados en el hábito de otra vegetación, de otras flores y otras semillas?

Así no hubiera sido la guerra el destino cotidiano de tantos hombres, ver el mundo americano requería algo más que visión, requería pensamiento, y entre aquellos hombres apenas arrebatados a los rigores y las repulsiones de la Edad Media, muy pocos tenían la curiosidad de Dante o de Leonardo. Un contemporáneo de aquellas guerras, el misterioso inglés William Shakespeare, conocía la flora de Inglaterra y podía salpicar los monólogos de sus personajes con precisiones sobre el uso gastronómico o cosmético, curativo o ceremonial de la violeta y la lavanda, de la achicoria, la centaura, la menta, la digital, la potentila, el avellano silvestre o las floridas mariadoradas del huerto que nosotros llamamos caléndulas. Pero los recién llegados a América tenían el mayor tapaojos que pudiera concebirse: buscaban sólo lo conocido y necesitaban encontrar lo ya visto. Apenas entre ellos se introducían, como enredaderas entre los árboles, algunos hombres tocados por el espíritu del Renacimiento, un espíritu de curiosidad y de perplejidad, y ello explica las ingenuas pero aplicadas descripciones de Oviedo, las estrofas florales y frutales de Castellanos y los primeros intentos por descubrir propiedades médicas y gastronómicas en las plantas de América. Oviedo investigó las virtudes curativas del guayacán y las del palosanto como depurativo de la sangre, otros intentaron conocer las características del palo campeche y del palo brasil, de plantas como la jalapa y la guajaca, que creían eficaz contra la sífilis, y de otras como la cañafístola y la zarzaparrilla. Fueron pequeñas y tímidas tentativas porque la naturaleza americana, y sobre todo la región equinoccial, era un desafío para conocimientos que Europa apenas presentía. Baste decir que en 1542, cuando los españoles todavía buscaban quiméricamente bosques de canela en la Amazonia ecuatoriana, apenas aparecía en Nuremberg la primera farmacopea.

En realidad había  que esperar dos siglos más para que el interés por las plantas alcanzara una conciencia nueva. Fue en 1755 cuando el medico naturalista Carl Nilson, tan amante de los árboles que apellido por Linneo, quizá para la familia de los tilos había cambiado su adherir más bien a (linn), declaró que ramos el nombre de las cosas perderemos también el conocimiento que tenemos de ellas: Nomina si nescis, perit et cognitio rerum. A partir de esta reflexión, Linneo había intentado fijar el conocimiento hasta entonces fragmentario y disperso sobre los seres vivientes, estableciendo las pautas de a taxonomía moderna.

Hoy hasta los más críticos pensadores de la biología admiten que sin las pautas de Linneo sería imposible el actual conocimiento de las especies vivientes. Aquello ocurría a mediadosdel siglo XVIII, cuando en Europa estaba triunfando la razón y surgía el espíritu ilustrado que treinta años después derribó en Francia al antiguo régimen, destronó a los reyes y fundó los ideales de la democracia. No es exagerado decir que esa pensativa clasificación de las formas naturales en reinos, estos en filos, los filos en clases, éstas a su vez en órdenes, los órdenes en familias, las familias en géneros y los géneros en especies, arrojó de tal manera una nueva luz de claridad y de lógica sobre el aparente desorden del mundo, que puso a tambalear muchos otros sistemas de jerarquías. Hoy resulta apasionante descubrir que las mayores revoluciones de aquel tiempo fueron inadvertidamente preparadas por botánicos y por artistas, por naturalistas y por músicos que oponían a los órdenes violentos y caprichosos de la historia los órdenes de la inteligencia y de la sensibilidad.

También a mediados del siglo XVIII empezó a extenderse por Europa el aprecio por las colecciones de plantas, y precisamente en 1755 se fundó en Madrid el Jardín Botánico del Soto de Migas Calientes, dirigido por un cirujano del ejército, Joseph Quer y Martínez, quien había recibido instrucción en Bolonia y en Pisa y tenía magníficas colecciones personales. Fue a este jardín a donde llegó como estudiante de botánica el joven José Celestino Mutis en 1757, cuando acababa de ser nombrado médico de cámara de la Corte. Venía de Cádiz, la ciudad que llevaba ya varias décadas convertida en la puerta hacia América desde cuando en 1520 fue trasladada allí, de Sevilla, la Casa de Contratación.

No sólo el oro y la plata llegaban del otro lado del mar: Cádiz recibía la certeza creciente de que América contenía otros tesoros que sólo podía descubrir el nuevo espíritu científico y filosófico que se abría camino en Europa. Pero España se demoraba en el pasado mientras el resto del continente acunaba cada vez más audaces ideales de libertad, de republicanismo, de pensamiento ilustrado y de rechazo a la tradición despótica y a la tiranía eclesiástica. El propio Joseph Quer, hombre de formación refinada y de curiosidad científica, sacrificaba la razón a sus prejuicios patrióticos y se sentía en la obligación de tomar partido por el atraso científico de España contra las críticas del resto de Europa. Linneo había hablado alguna vez con razón de la “barbarie botánica” de España, y esto bastó para que el nacionalismo de Quer rechazara la taxonomía de Linneo y cerrara las puertas a los avances de la biología.

El joven Mutis formaba parte de un espíritu español más ilustrado; sabía que Linneo era la vanguardia de las ciencias naturales del continente, y no estaba dispuesto a permitir que prejuicios pseudopatrióticos primaran sobre la necesidad de modernizar a España. Sentía, como todos los verdaderos sabios españoles, el dolor de que en 1559 Felipe II hubiera cerrado las puertas a la modernidad (a esa modernidad que precisamente España había fundado en la geografía) al prohibir a todo español estudiar en universidades extranjeras o enseñar en ellas, al hacer regresar a todos los estudiosos españoles dispersos por el continente, y al permitir que el Índice de libros prohibidos incluyera todas las obras indispensables para el conocimiento médico, astronómico o de historia natural. España se negaba a la inteligencia cuando empezaba a dar sus frutos intelectuales la gran revolución que comenzó con la aventura de los viajeros del siglo XV. Y dos siglos después ese rechazo a la modernidad seguía siendo no sólo la política oficial de la Corte sino la actitud espontánea de hombres talentosos como Quer.

La gran oportunidad del momento, para normalizar la relación de España con la ciencia y con el pensamiento, era arrojar una mirada nueva sobre la vastedad de su imperio, reconocer la naturaleza de sus colonias de ultramar y elaborar la gran historia natural de la América Hispánica. Y con ese espíritu aceptó viajar Mutis, a sus 28 años, a la Nueva Granada, poniéndose a salvo de la quietud intelectual de la metrópoli española y acercándose a la exuberancia de la flora equinoccial americana de la que hablaban, cada vez más asombrados, viajeros como Jorge Juan Santacilla, como La Condamine y como Pehr Lófling el botánico sueco enviado personalmente por Linneo para que describiera por primera vez “la magnífica América” y a quien la muerte detuvo en Cumaná cuando apenas comenzaba su expedición.

Mutis dedicó los primeros tiempos de su labor en Bogotá a la formación de una nueva generación de estudiosos de la naturaleza, a establecer en la provincia adormecida los nuevos criterios científicos, a hacer conocer a Newton y a Bacon, a Boerhaave y a Linneo. Había llegado en 1760, y dos años después, al inaugurar la cátedra de matemáticas que debía ser el fundamento de los conocimientos de una generación neogranadina, se animó a lanzar el desafío: “Apartad los ojos de la España detenida y volved los hacia la Europa del Norte”. En su carta al rey ilustrado Carlos 111 consideró necesario hablarle con franqueza: “Los sabios y hombres curiosos que viajan por todas las cortes de Europa creyendo encontrar en la de Madrid unos suntuosos y-magníficos jardín y gabinete de historia natural, espléndidamente adornados con todas las plantas y cuerpos preciosos que produce el Nuevo Mundo, no hallan qué admirar sino las sombras de un jardín y gabinete”.

Todo anunciaba que desde América el mayor talento científico de la España de su tiempo iba a realizar la labor urgente de normalizar la relación de España con la modernidad. Pero entonces la historia intervino. Mutis tuvo que afrontar un inesperado cambio de actitud de la metrópoli debido a la Guerra de los Siete Años y a su alianza con la Francia pre-revolucionaria contra Inglaterra. Y sucesivas conmociones históricas arruinaron la esperanza del nacimiento de una gran Ilustración española. Veinte años luchó Mutis contra la adversidad, manteniendo con firmeza el pensamiento ilustrado en unas provincias descuidadas por un imperio que era ya el principal enemigo de sí mismo. Y al comenzar la penúltima década del siglo XVIII ya parecía frustrado el sueño de Mutis de hacer el gran reconocimiento de la naturaleza equinoccial. Había conocido la postración en que vivían las gentes en las colonias y la penuria intelectual en que permanecían incluso las elites privilegiadas. Había viajado por el territorio sosteniendo con sus propios recursos su fiebre de recolector de muestras botánicas, intentando fortalecer su patrimonio en la minería y fracasando en ello, y tenía cincuenta años cuando se encontró de pronto con el arzobispo Antonio Caballero y Góngora quien compartía sus inquietudes científicas. Poco después el arzobispo se convirtió en Virrey de la Nueva Granada, y cuando ya todo parecía perdido, Mutis encontró la oportunidad tan buscada, y la Expedición Botánica comenzó sus tareas.

Fueron 25 años febriles. Primero en la Mesa de Juan Díaz, en Guayabal, Doima, Tena, y la región llamada Nariz de Escalante, Mutis y sus asistentes se dieron a la recolección febril de muestras de muchas plantas que el sabio tenía ya identificadas. Después, durante siete años se instalaron en San Sebastián de Mariquita, la región más fértil y llamativa del centro del país, cruce de caminos entre la Sabana de Bogotá, el occidente, las montañas del norte y las llanuras del sur. De Mariquita podía salirse hacia el sur de los Andaquíes y hacia Antioquia, hacia las Barrancas Bermejas por Honda y el río Magdalena y hacia Ibagué, Neiva y Timaná, hacia las mesas heladas de Herveo y hacia la Sabana perdida en las nubes. Y allí fueron brotando una tras otra las primeras láminas, pintando hojas y flores con una belleza, una finura y una fidelidad de representación verdaderamente extraordinarias, y se definió el espíritu de una Expedición que se recordará como la primera gran aventura científica de la región equinoccial y también como una gran aventura estética. Cuando se trasladaron a Santa Fe de Bogotá siete años después, tenían ya 600 láminas en colores y 600 en blanco y negro. En los quince años siguientes las láminas alcanzaron la cifra de 5.538 y encerraban no sólo las claves del reconocimiento de las plantas a partir del intercambio epistolar entre Mutis y el gran padre de la taxonomía moderna, Carlos Linneo, sino también el secreto de un hombre que se propuso mucho más que representar la flora de un mundo: el afán casi místico y ciertamente mágico de atrapar en ilustraciones la vida misma de las plantas en sus distintos momentos, los mínimos detalles de su estructura, la forma de sus flores y de sus nervaduras, y la precisión, asombrosa para la época, de sus colores.

Muchos se preguntan por qué Mutis prefirió poner el énfasis en la ilustración, en el testimonio iconográfico, antes que insistir en la descripción técnica de las especies siguiendo las pautas de Linneo, trabajo que dejó inconcluso. La respuesta es sencilla: sabedor de que los herbarios y todo sistema de plantas disecadas difícilmente pueden ofrecer a los estudiosos una información completa de la elasticidad, el volumen, el color y las texturas de las plantas vivas, y sabedor de que muchos grandes sabios de su tiempo no tendrían la oportunidad de ver vivas esas especies, muchas de las cuales presentaban una morfología desconocida, su propósito fue captar la vida misma de las plantas, el ritmo de sus tallos, la singularidad de sus diseños, enseñarnos a todos a mirar ese cosmos que los primeros viajeros no habían tenido ojos para ver. Cada lámina arrebata una especie vegetal a lo abigarrado y lo recóndito de las selvas en que habitan, a riscos y montañas, valles y cañones, y la expone única y plena ante nuestros ojos para que podamos deleitarnos en su singularidad, para que recibamos de ella toda la información posible. Linneo había establecido el criterio, todavía vigente, de que el método más recomendable de identificación de los vegetales era mediante sus flores: Mutis adiestró a sus investigadores y sus artistas para reproducir con una fidelidad extrema esas floraciones en su conjunto y en sus detalles más finos.

Nadie pintó plantas como aquellos artistas, como los ocho grandes quiteños: Vicente Sánchez, Antonio Silva, riano ele Hinojosa, José Manuel Martínez, Manuel Roales y los tres hermanos Antonio, Nicolás y Francisco Javier Cortés y Alcocer; o como Salvador Rizo quien era también el mayordomo de la Expedición, o como el gran Francisco Javier Matís, de quien Humboldt dijo a su paso por Santa Fe que era “el primer pintor de plantas del mundo”.

Aquellas láminas no eran sólo un ejercicio de observación de las plantas, sino un ejercicio de pensamiento y de lógica. La flora equinoccial iba apareciendo de un modo nuevo, detallado y perdurable. El arte era el instrumento para hacerla visible no sólo a los ojos sino a la sensibilidad y a la razón. Creían hacer artesanía pero lo que salía de sus manos era arte puro, y, como buen arte, no sólo traía belleza sino orgullo y unas gotas de rebeldía. Aquel mundo natural minucioso, asombroso y preñado de revelaciones, que había sido el corazón del universo indígena y de sus grandes mitos, que había permanecido inadvertido durante siglos ante los ojos de Occidente, ahora brotaba como savia nueva sólo porque alguien había decidido apartar sus ojos de "la España detenida” y volverlos hacia la Europa del Norte donde irradiaba el pensamiento renovador de aquella época. Ya empezaba a advertirse dónde estaban los recursos del porvenir, la farmacia del futuro, los paradigmas de belleza natural que unos años después deslumbraron a Alexander von Elumboldt y a Aimée Bonpland, y a través de ellos a toda la Europa romántica.

De repente, unas flores nos dieron una lección de orgullo, nos enseñaron a mirarnos con asombro a nosotros mismos, y de aquel alto ejemplo ciertamente brotaron naciones. No es de extrañar que el primer acto de la Reconquista fuera embalar más de 5.000 láminas de la Expedición Botánica, hechas para que reconociéramos el mundo que habitamos, y enviar ese tesoro al Jardín Botánico de Madrid. Y tampoco es extrañar que su segundo acto haya sido, en ese mismo año de 1816, fusilar a quienes las hicieron. Todavía esas láminas son una clave para descifrar de lo que somos; todavía necesitamos leer, como diría Aurelio Arturo, “este verde poema, hoja por hoja”. Y son los versos del poeta del sur los que mejor describen esa necesaria relación nuestra, no con la flora equinoccial sino con cada uno de sus elementos:

Te hablo también: entre maderas, entre resinas,
Entre millares de hojas inquietas, de una sola hoja,
Pequeña mancha verde de lozanía, de gnu ia,
Hoja sola en que vibran los vientos que corrieron
Por los bellos países donde el verde es de todos los colores, los vientos que cantaron por los países de Colombia.

Por William Ospina Exclusivo para la revista Diners

Revista DINERS, Septiembre Del 2008 Fasiculo 462

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